Enanas Blancas
Como esa foto vieja era mi vida; un cuadro colgado en la pared. Inmóvil, congelado en el espacio, donde solo el tiempo llenaba de polvo los recuerdos de momentos felices.
Siempre me sentí sola y enferma. Llegué a pensar que me estaba volviendo loca, o al menos, eso es lo que me hacía creer mi padre. Él era un hombre que andaba por la vida con los ojos cerrados. Tal vez, el médico se percató de esto y por eso le recomendó esas gafas, para que pudiera ver, aunque sea un poco, que el mundo está lleno de colores. Tu madre nos abandonó por un extranjero, solía decir mi padre, él se la llevo lejos de nosotros, del otro lado del mar.
Aún recuerdo esa noche; llegó a mi habitación con paso sigiloso, temerosa de algo que yo no comprendía, se recostó, y me abrazó con fuerza hundiendo su rostro en mi cabello. Podía sentir como inhalaba mi aroma para impregnarse de él y, antes de dormir, me dijo al oído que nunca debía olvidar que éramos almas libres, y que del otro lado del mar siempre salía el sol en algún lugar. Luego acercó la cruz de plata que colgaba de su cuello y la besó. En esta cruz se encuentra mi vida y algún día, en ella también estará la tuya, me susurró. Besó mi frente y no me soltó hasta quedarme dormida entre sus brazos.
Desde aquella noche, mi padre pasaba las horas sentado en ese sillón, contemplando cómo el tiempo gateaba arrastrando los minutos plagados de angustia. Su mirada ausente me aterraba, era como si mi madre se lo hubiera llevado a él también y solo hubiera dejado los despojos de aquél ser que alguna vez lo habitó.
Por las tardes, me paraba junto al marco de la puerta con la esperanza de que ya no estuviera ahí. Pero, así como cada día amanece, él siempre seguía sentado sobre ese sofá.
Como fantasma salía de casa para ir a la playa, entraba al agua a jugar con los peces y las gaviotas e imaginaba que mi madre saldría de entre las olas, vestida de espuma o convertida en sirena, para llevarme con ella muy lejos. Solo así mi padre se daría cuenta de que yo había estado siempre detrás suyo, más nunca junto a él. Cuando regresaba a casa, él me preguntaba dónde había estado y solía responder “en el mar”. Sabía que, al oír estas palabras, por un momento, mi padre notaría mi existencia. Enfurecido y a gritos me prohibía acercarme a esas aguas, el demonio se esconde entre las olas, esperando siempre el momento de llevarte a ti, como lo hizo con tu madre.
¿La loca soy yo? Me preguntaba cuando la brisa me acariciaba. Es el mar el que me habla y canta, le explicaba a mi padre, me cuenta historias hermosas y, cuando entro en sus aguas, me abraza tan fuerte como lo hacía mi mamá. Al escuchar estas palabras él perdía el control y me soltaba una bofetada. Entonces yo me conformaba con este contacto salvaje; apenas así podía sentir su piel y no sentirme tan sola. A pesar de sus prohibiciones, yo siempre regresaba al mar, si no podía fundirme en él, deseaba sobrevolarlo, llegar hasta el límite y derretirme frente al sol.
Una tarde, mientras caminaba junto a la orilla, el mar arrojó a mis pies una cruz de plata, la reconocí en seguida. Esta prenda perteneció a la dueña de mi amor, me confesó con su suave voz el mar, era una hermosa mujer que nadando trató de llegar al horizonte, pero el cansancio pudo más y ella se dejó hundir lentamente para que su amante se la llevara lejos de ti y de tu padre. Pero ella está aquí, conmigo. Al escuchar estas palabras me aventé hacia sus aguas, en algún momento me pareció ver las manos de una mujer y nadé hacia ellas, tenía que encontrarla y sacarla de esas aguas, pero el demonio del que me hablaba mi padre me encontró primero. Me aferró por las piernas arrastrándome hacia las profundidades para hacerme suya; fue en ese momento en el que cerré los ojos para luchar en contra de él, no me daría por vencida, aún quería vivir, era apenas una niña. Solté mi cuerpo y me sujeté fuerte a la esperanza de la vida y entonces entendí que era mi padre quien tiraba de mis brazos para sacarme del agua.
Agotados a la orilla del mar, me abrazó. Tú no te irás de mí, dijo despertando de su ausencia, tú no te irás como lo hizo ella, repitió apretándome con más fuerza. Nuestras lágrimas se mezclaron con el mar, mientras el sol se llevaba consigo el único rayo de luz que iluminó el llanto de mi padre del otro lado del mar.